Mi hijo tartamudea ¿Que hago?

Es normal la falta de fluidez de los niños cuando comienzan a hablar, pero hay ciertos signos que indican que esa dificultad va más allá y se está a ante disfluencias atípicas que, con una detección precoz y un tratamiento especializado, pueden reducirse e incluso desaparecer.

Cuando los niños empiezan a articular sus primeras palabras apenas resultan inteligibles. Sus primeras frases no tienen sentido y hay que hacer un gran esfuerzo de traducción para entender lo que dicen. Pero, ¿qué ocurre cuando detectamos en nuestros hijos o hijas que prolongan los sonidos, se bloquean al hablar o muestran un exceso de tensión a la hora de pronunciar? Estos signos pueden ser indicio de un problema de tartamudez. Una dificultad en la fluidez del habla caracterizado por frecuentes repeticiones o prolongaciones de sonidos, sílabas o palabras, pero que si se diagnostica de manera precoz y se aplica un tratamiento adecuado puede remitir de manera total o parcial.

¿Qué es la tartamudez y cuándo puede aparecer?

«La tartamudez es un trastorno del ritmo del habla caracterizado por frecuentes repeticiones o prolongaciones de sonidos, sílabas o palabras que se inicia en la infancia». Así lo define la Fundación Española de la Tartamudez. En cuanto a las causas, según las últimas investigaciones en el ámbito de la neurociencia, parece tener una base neurológica y no hay que buscar su origen en factores externos ni psicológicos. Además, la posibilidad de una tartamudez crónica aumenta si existen antecedentes familiares.

El 5% de los niños puede tener disfluencias (falta de fluidez en el habla) en algún momento de su desarrollo linguístico entre los 2 y 5 años. No obstante, esta dificultad remite en aproximadamente unos 12 meses en el 80% de los casos y solo un 1% la mantiene en la edad adulta, según apuntan los expertos. El género también influye. Hay mayor número de niños que tartamudean que niñas. En la edad adulta, la proporción es de unos 4 hombres por 1 mujer.

La detección precoz es fundamental para que aumenten las posibilidades de que este transtorno se reduzca o incluso desaparezca, sobre todo porque en los más pequeños el patrón del habla aún no está totalmente adquirido y resulta mucho más fácil su automatización. E igual de importante es acudir a un especialista, concretamente a un logopeda, que será el que que valore si realmente se está ante un problema de tartamudez o no. «Lo peor que se puede hacer es esperar, ya que cuanto más cerca del inicio del síntoma se intervenga, mejor será el resultado», inciden desde la Fundación Española de la Tartamudez.

¿Cuáles son los signos de alarma?

Es normal que los niños, entre los 2 y 5 años, no tengan una fluidez total al hablar, repitan palabras, cometan errores y titubeen más de lo normal cuando están nerviosos, enfadados, cansados o quieren expresar un concepto más complejo. Pero estas disfluencias, a priori típicas, también pueden ser indicativas de que algo no va bien. Principalmente, cuando no se trata de simples vacilaciones, reformulación de las oraciones, silencios entre palabras, muletillas o una o dos repeticiones de toda la palabra o frase. Los signos de alarma son los siguientes:

  • Repeticiones de consonantes, especialmente las explosivas, como la «p» la «t» o «k», cuando se encuentran en el inicio de la palabra más que en medio.
  • Más de dos repeticiones de palabras cortas como «pero…, pero…, pero…».
  • Prolongar un sonido durante varios segundos.
  • Bloqueos o interrupción del flujo del aire, lo que se conoce coloquialmente como «atasco».
  • Silencios tensos entre palabras: «¿Por qué…. (silencio, mientras mantiene la boca abierta) no vamos al parque?
  • Palabras partidas: «tele…visión».
  • Tensión al hablar, esfuerzo por hacer salir las palabras.
  • Movimientos asociados al habla en la cara o el cuerpo como cerrar los ojos, mover el cuello o las manos…
  • Velocidad rápida del habla. Cambio de volumen o de tono.
  • La frecuencia de estas dificultades es alta, de diez palabras se bloquea más de una vez.

Ante estas señales, lo mejor es acudir al especialista. Actualmente, existen métodos de diagnóstico que permiten diferenciar las disfluencias típicas de la infancia, de las atípicas.

¿Cuándo existe mayor probabilidad de tartamudez crónica?

Existen ciertos factores de riesgo:

  • Antecedentes en la familia.
  • La edad: ya que los niños que empiezan a tartamudear antes de los tres años tienen más posibilidades de superar esta dificultad, mientras que por el contrario se complica a partir de los seis años.
  • El tiempo: si la falta de fluidez del habla no remite en unos 12 meses, la posibilidad de que derive en tartamudez crónica es más alta. Si las disfluencias perduran durante más de seis meses, es el momento de ponerse en manos de un logopeda.
  • En los casos en los que al tartamudear se presenten tics asociados, muletillas o más de tres repeticiones de sonidos o sílabas o una velocidad de habla muy alta.

¿En qué consiste el tratamiento?

Tal y como apunta la logopeda Adela Corrales Guerra, vocal delegada en Málaga y vicedecana en funciones del Colegio Oficial de Logopedas de Andalucía, lo más importante es lograr que «la tartamudez no se apodere de tu vida sino conseguir convivir con ella». Para ello, se le da a la persona las herramientas necesarias para que las disfluencias se reduzcan al máximo. En el caso de los pequeños, los logopedas suelen trabajar en conjunto con los padres, para que estos también sepan cómo actuar. «Pretendemos que los niños no vivan esta dificultad en el habla con inquietud, por ello se les recomienda a los padres que les aporten tranquilidad, les hablen de manera pausada y no les interrumpan. En definitiva, hacerles entender que lo importante no es lo que tardan en decir algo sino lo que nos dicen», apunta Corrales.

Con los más pequeños se trabaja sobre todo a través del juego para modificar ciertos parámetros como la velocidad, el volumen o los impactos articulatorios, poniendo especial énfasis en suavizar los inicios de las frases. En edades tempranas, el objetivo es restablecer la fluidez antes de que las estructuras del lenguaje se consoliden con disfluencias. A partir de la edad escolar, se busca minimizar la tensión para aumentar la facilidad al hablar. Pero sobre todo se busca que adquieran confianza, que aprendan a llevar su propio ritmo y que eviten tensionar. En este sentido, el logopeda también tiene que abordar otros aspectos de tipo fisiológico, como extinguir los tics, y verbales, como las muletillas.

Un trabajo en conjunto

Cuando un niño o niña tartamudea resulta imprescindible normalizar la situación para evitar efectos secundarios como que no intervengan en clase, les de miedo leer en voz alta…, incluso que dejen de hablar y se comuniquen mediante gestos o señalando objetos. Por ello, cuando se está ante un problema de este tipo, hay que trabajar en conjunto, como indica la logopeda Adelas Corrales. Desde los padres, hasta los profesores y el círculo más cercano de los pequeños.

En el caso de los padres, en primer lugar se les recomienda que su hijo o hija no los vea preocupados y que mantengan la calma cuando se bloquee. También que le hablen despacio, con un vocabulario sencillo, procurando alargar las primeras sílabas de las palabras. Pero, sobre todo, que le miren a los ojos, le demuestren con su actitud que disfrutan hablando con él, realizar comentarios en vez de preguntas directas y nunca terminar las frases por él o hacerles recomendaciones del tipo «toma aire» o «ve despacio».

En el caso de la escuela, suele ser suficiente el conocimiento de esta dificultad y la comprensión por parte de los profesores y que estos faciliten actitudes de comprensión y apertura a la diversidad. Como comenta Adela Corrales, los centros escolares también son una fuente de información sobre la actitud que tienen los niños en su relación con los compañeros o si su dificultad está provocando rechazo a los estudios, entre otros aspectos.

Cómo abordar este asunto en casa

«A los niños hay que prepararles hablando mucho con ellos sobre situaciones que pueden causarles tensión y enseñarles cómo afrontarlas. Decirles que, aunque en ocasiones tengan que repetir palabras, al final se van a poder comunicar como los demás», aconseja la vicedecana en funciones del Colegio Oficial de Logopedas de Andalucía. Pero no hay que crearles falsas expectativas porque, aunque entre los 2 y 5 años hay muchas posibilidades de que la tartamudez remita, esta dificultad puede convertirse en crónica. Incluso después de periodos largos sin que la persona tartamudee, la dificultad puede aparecer de nuevo. Según Adela Corrales, se puede considerar que tras un año sin problemas de disfluencias, las posibilidades se reducen bastante, pero no significa que el problema haya desaparecido, por ello se hace un seguimiento al paciente. Pero, ante todo, el mensaje debe ser positivo: «Te puede llevar algún tiempo, pero se puede conseguir hablar seguido».

Hay casos en los que, además del logopeda, se hace necesaria la intervención de un psicólogo, especialmente en personas adultas a las que la tartamudez provoca ansiendad o les afecta en su relación con los demás.

Cómo actuar según la edad

Según las recomendaciones de la Fundación Española de la Tartamudez, entre los 2 y 6 años, cuando el niño muestre frustación por su atasco, se le puede decir algo para que vea que se reconoce su dificultad: «Parece que no sale. A mí también me pasa. Mira cómo lo hago yo (alargando la palabra y hablando flojo)». Aunque es preferible que se le diga de manera ocasional, cuando esté contrariado, no cada vez que aparezca una disfluencia.

Mientras que a partir de los seis años, es conveniente que los padres conozcan los recursos que ayudan a una mayor fluidez como hablar lento, suave, sin fuerza, alargar, silabear, susurrar, canturrear y expresarse con palabras y frases sencillas. Y darles ciertos consejos como: «hablar puede resultarte difícil pero ir despacio te lo facilitará» o «intenta no hacer fuerza al hablar».

Romper con los estigmas

Hay que acabar con ciertas creencias totalmente falsas:

  • La tartamudez no es una enfermedad, sino una dificultad en el habla que se presenta de manera involuntaria.
  • Las personas con disfluencias no son menos inteligentes, sino que necesitan un poco más de tiempo para exponer sus mensajes.

Y por ello, nunca se debe

  • Hacer comentarios del tipo «habla más despacio» o «tranquilízate», ya que se logrará el efecto contrario, o decirle «qué bien lo has hecho» o «lo ves como puedes», cuando termina su exposición.
  • Comportarse de una manera diferente. Todo lo contrario, hay que mirarle a los ojos y, por supuesto, nunca burlarse de la situación.
  • Hay que transmitirle que lo importante es lo que tiene que decir y no lo que tarde en hacerlo. Por ello, hay que mantener la calma, sobre todo cuando se habla con una persona tartamuda por teléfono porque puede agudizarse su dificultad.

Fuente: Diario Sur

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